martes, 9 de marzo de 2010

Rayuela otra vez

Rayuela es mi libro favorito. Un día se lo regalé a alguien. Como es mi libro favorito ese alguien era alguien particularmente especial.
Hoy lo tengo de vuelta, es igual pero diferente, tiene la misma portada, la misma edición de Andrés Amorós pero como alguien diría "patafísicamente es diferente". Hay presa, hay un bus que no apaga la luz y decido abrirlo, aparece esto:

Los perfumes, los himnos órficos, las algalias en primera y en segunda acepción... Aquí olés a sardónica. Aquí a crisoprasio. Aquí, esperá un poco, aquí es como perejil pero apenas, un pedacito perdido en una piel de gamuza. Aquí empezás a oler a vos misma. Qué raro, verdad, que una mujer no pueda olerse como la huele un hombre. Aquí exactamente. No te muevas, dejame. Olés a jalea real, a miel en un pote de tabaco, a algas aunque sea tópico decirlo. Hay tantas algas, la Maga olía a algas frescas, arrancadas al último vaivén del mar. A la ola misma. Ciertos días el olor a alga se mezclaba con una cadencia más espesa, entonces yo tenía que apelar a la perversidad -pero era una perversidad palatina, entendé, un lujo de bulgaróctono, de senescal rodeado de obediencia nocturna-, para acercar los labios a los suyos, tocar con la lengua esa ligera llama rosa que titilaba rodeada de sombra, y después, como hago ahora con vos, le iba apartando muy despacio los muslos, la tendía un poco de lado y la respiraba interminablemente, sintiendo cómo su mano, sin que yo se lo pidiera, empezaba a desgajarme de mí mismo como la llama empieza a arrancar sus topacios de un papel de diario arrugado. Entonces cesaban los perfumes, maravillosamente cesaban u todo era sabor, mordedura, jugos esenciales que corrían por la boca, la caída en esa sombra, the primeval darkness, el cubo de la rueda de los orígenes. Sí, en el instante de la animalidad más agachada, más cerca de la excreción y sus aparatos indescriptibles, ahí se dibujan las figuras iniciales y finales, ahí en la caverna viscosa de tus alivios cotidianos está temblando Aldebarán, saltan los genes y las constelaciones, todo se resume alfa y omega, coquille, cunt, concha, con, coño, milenio, Armagedón, terramicina, oh callate, no empecés allá arriba tus apariencias despreciables, tus fáciles espejos. Qué silencio tu piel, qué abismos donde ruedan dados de esmeralda, cínifes y fénices y cráteres...


-Palabra de Él (Julio Cortázar)
Cápitulo 144, Rayuela

3 comentarios:

Mau Roverssi dijo...

No puedo decir que tengo libro favorito, de cuando en cuando me enamoro de uno. Algún día leeré Rayuela. Esta en la biblioteca junto a la cama. Una edición vieja, que alguien de mi casa en algún momento compró y leyó. Creó que tenía unos 15 años cuando tuve mi primer contacto con Cortazar con Cartas a una señorita en París. Me sorprendió tanto como Metamorpohis de Kafka o Cien años de soledad, relatos que te disuelven todas la ideas que tenías antes de lo que era literatura. Y he de confesar que Rayuela me intimido. Pero bueno, espero empezar una relación con ese libro muy pronto. No soporto tener un libro en mi biblioteca que no he leído.

julianastorga.com dijo...

Sólo falta un Pont des Arts.

Crowally dijo...

Me sentiría muy bien si alguien me regalara un libro de Cortázar...

Claramente no es algo que se le regala a cualquiera... :)

"Y si nos mordemos el amor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella..."

Sólo ese parrafito es mejor que todo lo que yo he escrito y llegue a escribir en lo que me reste de existencia.

 

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