miércoles, 24 de febrero de 2010

Tren al sur

Es algo así, toda palabra dicha va acompañada, lo quiera o no, de todas aquellas que no se dijeron y estas, a su vez, son perseguidas sutilmente por el miedo.
Se viene de la nada feliz, como si alguien tomara por la cintura, y he de admitir que el tren de Heredia me ilusiona. Las gentes se acumulan poco a poco entre la venta de platanitos, la rampa de mallita, el tren blanco y de metal tan helado que la sola espera de su accionar provocaría, si no estuviera acompañada, mi silencio atento. Los minutos pasan se abra la puerta y es hora de entrar, el aire se espesa cuando me alejo, ya que mi charla previa se sigue hilando y es como que el nuevo silencio que asoma ante mí para ser mi nuevo compañero de diálogos.
Me siento a leer algún libro sobre ciegos, con las descripciones insólitas que me hacen morderme el dedo ante dolores imaginarios. El tren sale y sigo en mi mundo, escucho susurros, o talvez el sonido aquel de raspar una pizarra con las uñas o peor aún, el fondo de una olla con una cuchara, intento esclarecer tal molestia, buscando razones en mi interior, voces berrinchosas, quejidos de niñita, pero, el ruido viene de afuera, ese otro afuera.
Es un señor, y me parece el señor más elegante, maduro y bien vestido que he visto en mi vida. Es guapo. Fue más guapo aún, de eso no hay duda. Me mira avidamente, no no eso que vería cualquier otro hombre, no me ve a mi, ve al libro, intenta luchar con la miopía para ver que leo, no no se puede ver y es un libro sobre ciegos.
Sigo entre leer y pensar, y no tardo en darme cuenta que el señor se mueve entre pensar y ver el libro. Y nace. Esa especie de simpatía de ver a alguien comprar El Principito en la librería, alguien preguntar por La Cantante Calva o alguien leer ese libro, el favorito, y tener ganas de decir que el capítulo 20, que el 21 pero que de todos es mejor es el 8... Esa sensación de ser de una extraña logia, hermandad, que algo une, algo totalmente baboso y verde -y que vuela- los cronopios pues.
El señor comparte eso, lo miro con ojos de aprobación, con ojos de "yo entiendo", por que no es solo el libro, es el rostro que piensa, es alguna tristeza que no sale, algún inevitable que soportar, de pronto, unas ganas de levantarme, decirle hola y hablar, enseñarle el libro. Hay gente. Y sobre todo hay barreras, trenes y mallitas en los puentes.
Es algo así: en las palabras no dichas pesa sobre sí todas las que pudieron haberse dicho, y adivinen que, el miedo.
Texto del 1/2/10

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